| Las
poblaciones que han existido con el topónimo Vera han tenido una
situación cambiante a través de los siglos. Las comunidades humanas que
en ésta se han asentado han ido buscando su localización en función de
sus necesidades materiales (cerca de un río), de sus necesidades
estratégicas (sobre un cerro) o comerciales (al lado de un trazado de
caminos). La situación de la Vera actual cumple estos tres objetivos.
En el levante almeriense, la tierra
de Vera fue poblada desde tiempos muy remotos. Ya en la Edad de Bronce,
hace unos 4.000 años, en la Cultura del Argar, toda la cuenca conoce un
intenso poblamiento del que los yacimientos de Fuente Alamo (Cuevas de
Almanzora), aparte del propio Argar (Antas), constituyen una buena prueba.
Ya entonces se inició la
explotación de minerales argentíferos de Sierra Almagrera. La
primera fundación de la ciudad estaría relacionada con esta
actividad minera. Los cartagineses continuaron las explotaciones
mineras y fundaron Baria hacia el siglo VI a. C., cerca de
Villaricos.
Los romanos sustituyeron a los
cartagineses en la explotación de minerales, y con el topónimo Barea
designaban a una ciudad situada en la desembocadura del río Almanzora,
donde ahora está Villaricos y que terminaría siendo una republica dentro
de la trama de ciudades del Imperio Romano. Junto a estas ciudades
existían unas «villas» romanas, especie de cortijos, donde la propiedad
estaba concentrada en manos de latifundistas que tenían a su servicio
gran número de esclavos. Restos de una villa se encuentran en el paraje
Rocipón (en el término actual de Vera), cerca de la ermita de la Virgen
de las Huertas.
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| La decadencia
Alta Edad Media (siglos
VIII-XI), la inseguridad por mar y por tierra de una ciudad cada vez más
fronteriza, hicieron que, según dice el Padre Tapia, en el siglo XIII los
habitantes de Vera se convencieran del interés de replegarse hacia una
elevación interior donde radicaba ya una pequeña aldea (Cerro del
Espíritu Santo). Por entonces la población veratense estaba compuesta
por musulmanes convertidos al Islam tras la invasión del siglo VIII o
descendientes de los conquistadores árabes.
La ciudad musulmana de Vera sería
desde entonces cabeza del alfoz más oriental del reino nazarí de Granada
y, desde la segunda mitad del siglo XIII, frontera con las tierras
cristianas de Lorca.
En los campos de Huércal y Overa, en
las marinas de la costa, se producían frecuentes «razzias» fronterizas.
Algunas de estas escaramuzas alcanzaron la categoría de verdaderas
batallas, como la de los Alporchones (1452), que se saldó con una
victoria de los cristianos de Lorca.
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Poco después se
producirá un hecho trascendental por lo que supone de relevo social,
económico y cultural: la conquista de Vera por parte de los Reyes
Católicos en la campaña de 1488, dentro del proceso de conquista del
Reino de Granada que culminaría con la caída del último bastión
musulmán.
Vera constituyó el lugar más
estratégico para asegurar la sumisión de las tierras orientales del
reino nazarí. Con ese fin, en la primavera de 1488, Fernando el
Católico, al frente de gente de Murcia, Lorca y Mula, pasa la frontera y
penetra en la comarca de Vera. No hay serios intentos de resistencia, y el
10 de junio de 1488 el alcalde de Vera, Malique Alabez, hace entrega de la
ciudad al rey Fernando.
El Ejército cristiano planta sus
reales en las inmediaciones de Vera (en El Real) y allí acudirán a
prestar juramento de fidelidad moros principales de Antas, Lubrín,
Sorbas, Teresa, Cabrera, Mojácar, Cuevas, Huércal, Overa, Zurgena,
Purchena, Vélez Blanco, Vélez Rubio, Albox, Arboleas, Tíjola, Armua,
Bayarque, Huéscar, Oria y otros lugares del río Almanzora y las sierras
del norte de la actual provincia de Almería.
La situación estratégica de Vera
(frente a las costas argelinas) persuadió a la Corona de la necesidad de
hacerse pronto con un bastión seguro. Por ello, la población musulmana
es expulsada fuera de los muros de la ciudad y rápidamente se intenta
repoblar con gentes de armas. Vera quedó vinculada a la Corona como
ciudad de realengo y, en 1494, los Reyes Católicos le concedieron sus
fueros y privilegios.
Sin embargo, no será éste el
definitivo emplazamiento de Vera, sino en un llano, donde se
reconstruiría tras un terremoto, como más adelante explicaremos.
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| El
terremoto y el último traslado |
La
reconstrucción de una comarca asolada por la guerra fue difícil. A la
aridez del terreno y a las incertidumbres de unas tierras fronterizas, se
unieron una serie de catástrofes que hicieron poco atractiva la
repoblación con colonos cristianos.
El 9 de noviembre de 1518, un
terremoto extraordinariamente violento devasta por completo el núcleo de
población situado sobre la colina del Espíritu Santo. Este hecho
constituye uno de los jalones más importantes en la historia veratense y
promueve el último y definitivo cambio de emplazamiento de la ciudad.
Por los testimonios que dejaron
algunos supervivientes ante el alcalde mayor Iñigo de Guevara, a fin de
solicitar ayuda urgente al rey, sabemos que se hundió la ciudad entera,
compuesta en esos momentos por unas 200 casas. La fortaleza y las murallas
también se destruyeron, así como desapareció la fuente de agua que
abastecía a la población.
El terremoto fue entre las 11 y las
12 de la noche, quedando todos los vecinos —salvo seis o siete—
sepultados por los escombros. Las estimaciones más fiables, manejadas por
César Olivera, cifran las víctimas mortales en unas 150 personas.
Descartada la posibilidad de
reconstrucción en el mismo lugar, el corregidor Francisco de Castilla
emite un informe en el que recomienda la fundación de una ciudad nueva en
un llano cercano al Cerro («a un tiro de ballesta»).
No había sido la primera vez que
Vera se veía afectada por un fuerte terremoto. Por las actas capitulares
del Ayuntamiento de Murcia sabemos que en noviembre de 1406 hubo un fuerte
movimiento sísmico que destruyó una buena parte de la ciudad musulmana,
y en el que murieron 72 hombres y 6 caballos.
La nueva ciudad que se edificó a
partir de 1520 tenía planta cuadrada, cerrada por muros de tapial
guarnecidos por ocho torres con almenas y troneras para la artillería; se
comunicaba con el exterior por dos puertas. Este recinto se calculó para
unos 600 habitantes, hornos y demás servicios. En el centro se levantó
la iglesia parroquial, que servía de fortaleza para la defensa de sus
vecinos.
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| Vera,
ciudad cristiana |
| La
nueva población de Vera, junto con la de Mojácar, constituyeron unos
oasis de población cristiana en medio de una mayoría predominantemente
morisca (cristianos nuevos) que ocupan todo el área rural durante la
mayor parte del siglo XVI.
Las condiciones de vida pactadas con
esa mayoría mudéjar en las capitulaciones durante los días de la
conquista van a ser progresivamente olvidadas por la Administración
cristiana. Aumento de impuestos, violentas expropiaciones y, sobre todo,
la imposición desde 1501 de la obligatoriedad de bautizarse y abandonar
las prácticas islámicas, crean descontento entre los moriscos, numerosos
en nuestra comarca en Antas, Cuevas, Teresa, Cabrera, Turre, Bédar y
Serena.
La asimilación cultural y religiosa
se intentará sin éxito. El vestido, la lengua, las danzas y las
costumbres moriscas en general son sometidas a prohibiciones continuas,
que irritan a una comunidad eminentemente campesina.
Paralelamente, la piratería
berberisca procedente del Norte de Africa crea inseguridad en los escasos
reductos cristianos y encuentra cobijo y apoyo en el descontento morisco.
Por fin, en la Nochebuena de 1568 se inicia una sublevación en las
Alpujarras, donde se proclama rey Aben Humeya (Hernando de Válor), que
pronto se extenderá al resto del Reino de Granada.
Rápidamente se notarán las
repercusiones de esta sangrienta guerra civil en la comarca de Vera. En
marzo de 1569, todos los moriscos de Teresa y Cabrera, entonces parte de
la jurisdicción de la ciudad, huyen a Berbera (Magreb) en cuatro navíos
que habían recalado en la costa. Desde entonces estos lugares quedarán
despoblados.
En el transcurso de la sublevación
morisca, el día 25 de septiembre, se produjo el asedio de la ciudad por
el ejército de Aben Humeya. Las esperanzas del rey morisco de conseguir
con Vera una amplia zona costera por donde recibir refuerzos del Norte de
Africa se verán frustradas por la defensa cristiana y por la
intervención de las tropas procedentes de Lorca.
Para conocer la realidad de los
hechos ocurridos en esta sublevación, tenemos la suerte de poder acudir a
los testimonios escritos que nos han quedado tanto en el Archivo Municipal
de Vera como en el de Lorca, donde vemos plasmados los hechos tal y como
los vivieron los testigos de la época, ediles y gentes de armas que
participaron activamente en estos momentos de la sublevación.
A lo largo de todo el año de 1569
los vecinos veratenses vivieron en una situación de verdadero terror, ya
que conocían la sublevación de los pueblos cercanos —Sorbas, Antas,
Bédar, Purchena, Zurgena, Teresa, Cabrera—, con el consiguiente peligro
para Vera. Las peticiones de ayuda militar a los vecinos lorquinos son
constantes a lo largo de 1569, incluso el rey Felipe II ordena a Lorca
prestar ayuda en caso de cerco. Por fin, al amanecer del día 25 de
septiembre, Aben Humeya al frente de su ejército puso cerco a Vera y la
estuvo asediando hasta las siete de la tarde, en que se retiraría con sus
tropas ante las noticias del auxilio de las fuerzas lorquinas.
Los testimonios que se han conservado
nos cuentan que según los testigos Juan Soler Oliver, vecino y regidor de
Vera, y Luis de Cárdenas, vecino y procurador de Lorca, ante el inminente
asedio, la ciudad de Vera envió a Francisco Soler y a Martín Gómez,
ambos a caballo, a pedir socorro a Lorca. Esta imprescindible ayuda
recibida en Vera de Lorca nunca se ha olvidado, y a lo largo de los siglos
se ha seguido manteniendo un hermanamiento del que ya se hablaba en 1595.
Días más tarde, el 16 de octubre de
1569, el Cabildo proclama patrón de la ciudad a San Cleofás, cuya
festividad coincidió con el día de la retirada del ejército islámico.
El fracaso de la sublevación culmina
con la expulsión de la población morisca del Reino de Granada, primero,
y de los territorios de la Corona en 1610. Muchos de los exiliados
colaborarán con las incursiones berberiscas que se sucederán a lo largo
de los siglos XVI y XVII, aumentando el cariz inhóspito de las tierras
almerienses.
Tras la expulsión de los moriscos
entramos en un período poco conocido, ya que las investigaciones
históricas escasean para los siglos XVII y XVIII. En el siglo XVII, en
1606 concretamente, se concedió la instalación de los Padres Mínimos en
Vera, para lo cual se levantó el edificio del Convento, del que en la
actualidad sólo nos queda la iglesia. Estos Padres Mínimos estuvieron en
Vera hasta el Trienio liberal (1820-1823), en que sufrieron los embates
del proceso desamortizador. |
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| Siglo
XVIII. Vera ilustrada |
| El
siglo XVIII es el de la Ilustración. El reformismo borbónico, sin
embargo, fue impotente para poner al país en el camino de la
modernización y el progreso. Las Sociedades de Amigos del País fueron, a
partir de Carlos III, las impulsoras de estos intentos renovadores. Vera
tiene a gala ser la cuna de la segunda Sociedad que solicita la
aprobación de sus estatutos en Andalucía y la cuarta de España. Sus
estatutos se aprobaron el 10 de junio de 1776.
Tal y como nos cuentan Paula y Jorge
Demerson, esta Sociedad se fundaba con la idea de trabajar para ser
útiles a los demás y contribuir al enaltecimiento de la nación. Desde
un principio, la Sociedad contó con un elevado número de socios,
clérigos y legos, que representaban no sólo a Vera, sino también a
Vélez Rubio, Mojácar, Almería, Lorca, Vélez Blanco, Antas, Sorbas,
Turre, Cuevas, Lubrín y Bédar. Se organizó en distintas comisiones que
trabajaron para fomentar la industria popular, que se centraron en las
posibilidades de la manufactura del esparto, la agricultura, el comercio,
la educación, la beneficencia, la pesquería... Asimismo contó con el
apoyo real imprescindible, que se plasmaría en la real orden de Carlos
III, mandando a los Propios otorgar un préstamo de 30.000 reales en 1776,
para reintegrarlos sin intereses en el plazo de seis años.
A los pocos años de su instalación,
la actividad de la Sociedad empieza a decaer, sobre todo agobiados por la
obligación de tener que devolver el préstamo a los Propios. Sin embargo,
con un gran esfuerzo por parte de los ilustrados veratenses, la Sociedad
logró vivir hasta 1808, consiguiendo en estos años un balance positivo
en cuanto al despertar de la vida económica y cultural de la localidad.
En 1816 volverá a haber un intento de revivirla sobre bases nuevas, pero
la Sociedad ya había llegado a su fin.
En la segunda mitad del siglo XVIII
el reflejo de un crecimiento económico y demográfico resulta apreciable
en el desarrollo urbanístico de la ciudad, tanto por el Norte como por el
Sur. A finales de los años 60 se parcela una finca entre los caminos de
Cuevas y Antas, teniendo como eje la Calle de la Zanja. A finales de los
años 80 será la zona del Barrio de Jesús, junto al Camino del Mar, la
que se desarrollará para engrandecimiento del trazado urbano. En el
hinterland rural también se aprecian progresos demográficos; es de estas
fechas la gran ocupación humana de Sierra Cabrera, en la jurisdicción de
Vera. |
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| Siglo
XIX. La gran transformación |
| Unos
difíciles comienzos. No se consiguieron los objetivos de desarrollo
económico, y se entrará en el siglo XIX con la asolación de varias
epidemias —de las que ya hablaremos—, sin olvidar los efectos de la
gran sequía que hubo hacia los años 20. También tuvo que ver con esta
situación la guerra contra los franceses, que dejó exhaustas las arcas
municipales y los escasos caudales de muchos veratenses, sujetos a
violentas exacciones impuestas tanto por el ejército francés como por el
ejército español y las partidas de patriotas.
En el Trienio liberal (1820-1823),
repuesta la Constitución de 1812, se constituye la Milicia Urbana,
encargada de defender los valores que la Carta Magna encarnaba. La Milicia
responde a una tradición iniciada en la Revolución francesa, en la
línea del «pueblo soberano en armas». Con la reacción absolutista que
se inicia en 1823, los antiguos milicianos sufrirán las consecuencias de
la represión. Como contrapartida de la Milicia Urbana, durante la Década
absolutista (1823-1833) funcionará el llamado Tercio de Voluntarios
Realistas, dispuestos a defender los derechos sagrados del Trono.
La Milicia Urbana o Nacional, fuerza
de choque del liberalismo, reaparece en 1834, cuando se inicia la
transición hacia el régimen constitucional, una vez fallecido Fernando
VII, y se plantea la sucesión al trono de su hija Isabel (primera guerra
carlista). En 1838 la aproximación de la facción carlista de Tallada
produce la movilización de la Milicia y a su cabeza el veratense Ramón
Orozco.
Orozco: político y empresario.
Consideramos interesante detenernos en la vida de este hijo de Vera, ya
que, por causas desconocidas, ha quedado bastante olvidado en la memoria
colectiva de su ciudad natal, a pesar de haber sido posiblemente el de
más relevancia política, económica y social de todos los tiempos.
Ramón Orozco (1806-1881) era hijo de
una familia de tradición liberal. Su padre, Juan Antonio Orozco López,
se había enriquecido con el comercio y dirigió la Milicia Urbana de Vera
durante el Trienio liberal (1820-1823), haciéndose cargo del Ayuntamiento
durante los meses de régimen constitucional. Su hijo Ramón siguió las
ideas políticas de la familia y desde muy joven manifestó una fuerte
inclinación hacia las posiciones más progresistas del liberalismo. Será
el principal impulsor de la reorganización de la Milicia Nacional de
1834, siendo su comandante en Vera. Forma parte de la Junta de Gobierno de
1835 y cuando José de Salamanca (el futuro y celebérrimo Marqués de
Salamanca) —juez de Primera Instancia del Partido de Vera y alcalde
mayor de la ciudad— marcha a Madrid, se hace cargo de la alcaldía mayor
de Vera.
El 24 de junio de 1844, el mismo
Ramón Orozco, por entonces ya líder indiscutible del partido progresista
de la provincia de Almería, intenta en Vera una asonada contra el
Gobierno moderado, dispuesto a liquidar la Constitución de 1837, que
culmina con la declaración del estado de excepción en Vera y pueblos de
su partido, decidida por el comandante general de la provincia. Será
diputado a Cortes por primera vez en 1839, repitiendo por el distrito de
Vera en 1846, 1850, 1851, 1854 y 1869.
A Almería capital trasladó su
residencia hacia 1850, tras haberse enriquecido de una manera vertiginosa
con los beneficios generados por su mayoritaria participación en la mina
«Observación» de Sierra Almagrera y en la fundición «San Ramón» de
Garrucha. Presidió la Junta Revolucionaria de 1868 en Almería, con lo
que nuestra provincia se suma a la Gloriosa. Más tarde fue gobernador
interino.
Económicamente, su patrimonio es
sorprendente: las iniciativas más modernizadoras en el panorama
económico provincial vienen de su mano: una empresa para el desagüe en
Sierra Almagrera, un proyecto para la construcción de altos hornos en
Garrucha, y el intento de crear un banco de emisión en Almería (1864).
Retirado de la política y de los negocios, fallecerá en su finca de Las
Alparatas (Mojácar) en 1881.
El crecimiento económico. El
descubrimiento del filón de plomo argentífero del barranco El Jaroso en
Sierra Almagrera, así como la actividad metalúrgica desarrollada en los
alrededores como consecuencia, llevará a un incremento económico muy
importante en toda la comarca, acompañado de un gran crecimiento de la
población, fruto del fenómeno de inmigración desde otras zonas de la
provincia. Hacia 1859, Vera y su término (entonces con Pulpí y Garrucha)
alcanzaba la cifra de 11.358 habitantes, con una cota que nunca más
sería sobrepasada.
De esta segunda mitad del siglo XIX,
y fruto de ese resurgir económico, es el trazado urbanístico de la calle
del Mar, para viviendas de la burguesía local, así como el nacimiento de
la calle de la Plata y la de San Sebastián. También de estas fechas es
el nuevo cementerio de San José (1873), la Glorieta (1882-1887), el
trazado actual de la Plaza del Hospital (1880), la Plaza de Toros (1879),
el Asilo de Ancianos (1895), el edificio del Ayuntamiento (1881)...
Es de estos momentos, asimismo, el
nacimiento de las fiestas de San Cleofás, tal y como se han conservado.
Aunque, como ya hemos visto, desde 1569 San Cleofás era patrón de Vera,
el esplendor con que se celebran en la actualidad hay que buscarlo en
1861, cuando en el Cabildo del 14 de agosto se propone crear una feria
para fomentar la industria del país, desde el día 23 al 30 de este mes
de septiembre, ampliando así la celebración de sólo el día del patrón
a una semana.
Caso parecido vemos con las fiestas
de la patrona, la Virgen de las Angustias. Sabemos que en 1888, con motivo
de la celebración del IV centenario de la conquista de Vera por los Reyes
Católicos, se decidió solicitar que esta Virgen fuera Patrona de Vera
—junto a San Cleofás—, por la tradicional devoción que se le tenía,
y que su fiesta se celebrara el 10 de junio (fecha en que se tomó Vera).
En 1894, en cabildo, se aprueba que del 1 al 14 de junio se celebre un
mercado de ganado en la Fuente Chica, teniendo aquí el antecedente de las
fiestas actuales de la patrona.
Pero en esta etapa de esplendor
económico todavía la población sufría los desoladores zarpazos de las
epidemias: a finales del siglo XVIII, en 1786, fue terrible la incidencia
de las tercianas. Pero ya en el siglo XIX sabemos de fiebre amarilla en
1804 y en 1812; cólera en 1834, 1855, 1856, 1860; tifus en 1862 y 1863.
Poco a poco, los progresos en el campo de la sanidad y la medicina irán
atemperando estos males.
En el orden administrativo, el siglo
XIX supuso la conformación del término municipal tal y como hoy lo
conocemos. Si antes de la conquista de los Reyes Católicos Vera tenía
una extensión de 1.648 km2, tras la conquista se le desgajan Cuevas y
Portilla, Sorbas y Lubrín, Huércal y Overa, Sierra Cabrera, Antas,
Zurgena, Bédar, Serena; y por último, en 1860, Garrucha y Pulpí se
separan formando municipios independientes. Este proceso ha finalizado en
1992, cuando se le ha adjudicado término municipal a Garrucha, quedando
ya Vera en su configuración actual.
A la pujanza minera le acompaña un
importante desarrollo agrícola, siendo esta zona y la vecina Antas donde
primero se introdujeron los cultivos de naranjos, especialmente en la zona
del Real, como base de un importante comercio de exportación.
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| Siglo
XX. De la decadencia al resurgimiento |
A
principios del siglo XX, la crisis minera y el declive de la agricultura
tradicional produjeron un aumento de la emigración, que como fenómeno
generalizado llegó a extenderse hasta 1970. A finales del siglo XIX el
destino de los emigrantes era Argelia y, a principios del siglo XX,
Argentina y otros países americanos; en los años 50-60 Barcelona,
Francia, Alemania y Suiza son receptores de la mayor parte de la
población veratense. La población se reduce a poco más de 4.000
habitantes y se entra en un período de atonía social y económica, que
es parecido al que vive toda la comarca y toda la provincia de Almería
durante la primera mitad de este siglo.
Recientemente, en distintos puntos de
la provincia, y Vera entre ellos, se perciben signos esperanzadores de
desarrollo, de la mano del crecimiento del turismo, en unos casos, y de
los progresos de la moderna agricultura intensiva, en otros. En los
últimos años hemos visto crecer núcleos costeros de población
importantes como Puerto Rey, Pueblo Laguna, Las Marinas o el incipiente y
esperanzador Playazo.
Asimismo la agricultura está viendo
modernizar sus instalaciones en un intento de mejorar el aprovechamiento
de un recurso imprescindible, y hasta ahora escaso, como es el agua. Las
opciones de desarrollo parecen decantarse así hacia la potenciación del
turismo y el crecimiento de una agricultura avanzada.
Los progresos realizados en el
terreno de las infraestructuras, construcción de la presa del Almanzora y
de la autovía del Levante, colocan a Vera y a la comarca en una
interesante expectativa de desarrollo económico. Políticamente, la
recuperación de la democracia municipal a partir de 1979 debe servir para
avanzar en la participación y transparencia en la toma de decisiones que
afectan a la comunidad, lejos de todo sectarismo y clientelismo. El
objetivo de modernización y progreso deber extenderse a los ámbitos de
lo económico, lo político y lo social.
M.ª Luisa Andrés Uroz
Archivera-Bibliotecaria del
Ayuntamiento de Vera |
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